Tiempo de lectura: 12 minutos

Fecha: Hoy 6 de enero.

Lugar: Un lugar en la Ciudad de México.

Hora: La más precisa para salir a comer.

Hoy al salir del edificio donde laboro.

Empiezo a observar los locales y las personas que se cruzan en el camino que recorremos al ir al lugar donde tomaremos nuestros alimentos mis compañeros y yo.

Como siempre, conversando sobre lo que ha acontecido en las horas previas en el trabajo.

Bromeando, como siempre de los problemas que no está en nuestro poder solucionar.

Pero al caminar también empiezo a agudizar mis sentidos.

Empiezo a observar, que las festividades decembrinas están en latente agonía.

Alguno de los locales ya no luce sus adornos navideños acompañados de las luces de múltiples colores.

Las personas vuelven a la normalidad y con ella sus rostros retoman las preocupaciones cotidianas de sus vidas.

Hoy es 6 de enero. Fecha esperada por millones de niños. Y olvidada por muchos millones más.

En la calle nos cruzamos con algunos niños acompañados de sus padres. O simplemente solo con alguno de los dos sea la mamá o el papá.

Los rostros infantiles que miro al pasar demuestra una franca alegría por los juguetes que llevan entre sus manos.

Aferrando ese objeto con una fuerza que haría palidecer al mismísimo Superman.

Es conveniente decir que la zona donde trabajo. Es una mezcla interesante de clases sociales. Desde aquellos que bajan de una camioneta de lujo con ese destello que da ser de último modelo y que más que un vehículo es para ellos un signo de poder y de abundancia.

Pasando por la clase media y que sus bolsillos le permiten tener un vehículo para desplazarse sin asientos de piel o con las llaves electrónicas más avanzadas. Cumpliendo el cometido de sus autos el desplazarlos por esta gran ciudad.

Y están los que sus vehículos, son aquellos dos pies fortalecidos por tanto caminar en este mundo. las llantas de su transporte: esas suelas ya desgastadas y que de alguna manera ya sienten en su piel lo irregular del asfalto, de los adoquines de la acera o del concreto ya fracturado.

Y debido a esta mezcla de personas. Observo a los pequeños iguales en edad pero diferentes entre sí.

Como aquel que denota viste una ropa nueva y que lleva entre sus manos el IPhone. Orgulloso de porta tan magnifica muestra de tecnología a pesar de tener cerca de 9 o 10 años.

También encuentro aquella niña sonriente por llevar colgada a su hombro. Esa réplica genuina de una bolsa D&G y que camina como modelo de pasarela. Aferrada a la mano de su papá que se enorgullece del andar de su pequeña hija, de apenas unos 7 años.

Así mis compañeros y yo recorremos el camino a la plaza comercial donde decidimos hoy comer.

Entre los comentarios serios y los comentarios graciosos avanzamos por la calle.

Pero al parar una esquina. Llega a detenerse una madre con su hijo. El pequeño denota unos 9 años. La madre tomando al peque de la mano izquierda. La mujer no tiene más de 35 años y se nota agobiada.

Su ropa denota lo desgastado de sus fibras y su bolso tiene las marcas inevitables del transcurso de los años. El niño mira a los otros niños y niñas que caminan por la misma calle. Y con tristeza y enfado mira en su mano derecha el muñeco luchador que no tiene movimiento de brazos, de piernas, ni de cabeza y que la capa es de un delgado plástico. Su mirada se pierde en el auto de control remoto que luce radiante un chico acompañado de sus hermanos que ríen y caminan con alegría por tener los juguetes que quizás pidieron a los tan aclamados Reyes Magos.

Después de ese evento. continúe con mis actividades diarias.

Pero hoy en esta noche aun fría por el clima invernal.. Me permito recordar esa mirada de ese pequeño.

Me hace ir al pasado. «A mi pasado».

Recuerdo que en Navidad la familia se reunía. celebrábamos y reíamos con las posadas, con ver a cada uno de mis seres queridos entorno a una mesa compartiendo tan añorada fecha y día.

Al final de cenar. Venia la apertura de regalos.

Siempre ropa o zapatos.

Alguna vez imagine que recibiría la autopista eléctrica que siempre desee de pequeño. Más en su lugar recibía, una playera, un pantalón o un par de zapatos.

Aun a pesar de tener una corta edad. Siempre me ilusionaba porque llegará ese momento crucial de abrir regalos.

Siempre esperando que la caja más grande fuera para mí. Y que tuviera esas partes que tenia que armar para formar el circuito donde conduciría como bólido uno de los pequeños autos que ansiaba tener.

Más los años pasaban y la ilusión desapareció. No perdí la alegría de esas fechas en especial, al contrario siempre a cada año amaba más ese día, esa noche, esa madrugada. Lo que, si cambio en mí, fue que quedo en el olvido esa espera de recibir un juguete como regalo navideño.

Mis esperanzas se fueron al día de reyes. Contaba con 8 años y ya escribía mi carta con semanas de antelación.

Las pocas veces que veía a mi madre alrededor de esas fechas, le mencionaba con entusiasmo lo que pediría.

En los años anteriores a ese día, nunca había recibido lo que pedí, más en un par de ocasiones al despertar, corrí a mirar con felicidad esa avalancha que no esperaba pero me alegro el corazón. Y en el año siguiente el par de bicicletas que recibí por rencillas entre mis reyes magos (mi madre y el padre de mi hermana). Y que me hicieron blanco de la envidia de los vecinos. Yo con 2 Bicicletas nuevecitas. No sabía andar en Bici, pero como recorría la calle con una y regresaba a casa para cambiar por la otra aunque solo la llevara caminando tomadas de los manubrios.

Esa vez de los 8 años. Escribí mi carta pidiendo una serie de muñecos de Star Wars con la nave del Halcón Milenario.

Todo eso lo veía en las jugueterías, en el supermercado. En las tiendas departamentales. Y veía que existían miles de ellos. Ese mes le decía a mi mamá. Oye mamá este año creo que los reyes si me traerán lo que pido, existen muchos y debe de alcanzar para todos.

Y llego el 6 de enero. desperté, corrí al pequeño árbol de navidad.. Y busqué con la mirada y no encontré más que unos muñecos de otra serie y un carro a control remoto que solo avanzaba para atrás y para adelante.

Me senté y mire el árbol. Preguntadome ¿Qué sucedió? Ese año me porte bien creo yo. No hice enojar a mis abuelos tanto. Trate de no pelear con mis primos y primas, y me aplique para aprender esas difíciles divisiones y multiplicaciones.

Sonreía porque me trajeron algo. Dice mi madre que muchos niños no llegan a recibir nada.

Pero como me dolía ver que a mis primos. Siempre les traían cada cosa de su lista.

El año siguiente.

Pensé en algo diferente.

Trate de ser el mejor en la escuela. Aunque me era difícil. En ese tiempo no se comprendía a los zurdos. Los mismos maestros nos juzgaban por usar el cuaderno casi al revés, de cabeza y por no tener una línea derecha al escribir.

Cuando mi abuela me regañaba, en lugar de mirarla feo, mejor agachaba la mirada. Alguna vez pensé igual me ven los Reyes y puede que por eso no me traigan lo que pido.

Al llegar diciembre. Estaba llegando la fama de los juegos de video. Vi uno en un casa de un amigo. Y me dejo jugar un solo juego a cambio de la moneda de 5 pesos que me daba mi mamá para comprarme en la semana las tortas en el colegio.

Me enamore de esa consola. Así que escribi mi carta. En hoja de cuaderno cuadriculada y de cuadro grande, me puse en el piso y con lápiz hice mi mejor letra. Pensé que los reyes no entendían mis garabatos. Así que me esmeré en que la letra tuviera esa estética perfecta.

Hice varias copias. Le pedí a mi tío, que comprara un sobre aéreo en la papelería al regresar del trabajo. Me decía ¿Un sobre con rayitas? ¿Cual es ese? Me desesperaba por decirle que los había visto en la papelería y que la señora Magda me dijo que esos eran para envió por avión y que llegaban a los más lejanos lugares. Me entendió y me prometió llevarlo al día siguiente.

Y si al día siguiente me llevo dos, y le dije Tío ¿Y cómo se lo doy al cartero? Se necesitan estampitas para que se les peguen. Mi tío me sonrió y me prometió que el lo dejaría en el correo.

Y fue mejor, al otro día me llevo a comprar las estampitas y lo heche yo mismo en el buzón.

También para asegurar. Puse entre las ramas del árbol de navidad otra carta.

El 5 de enero mi abuela me compro un globo, amarre fuertemente mi carta hecha rollito y lo lance al viento. Deseando que no se desinflara y cayera o que quedara atorado en algún árbol, poste o cable de la luz.

Y finalmente al anochecer puse mi zapato con la carta en él junto a mi cama.

No podía dormir, me costaba más que otros años. Yo aseguraba que en esa ocasión si me traerían el videojuego que tanto me gusto.

Caí rendido de esperar y de que no llegarán los Reyes.

desperté antes del amanecer. Corrí y vi una caja. Mi imaginación decía Woow solo una caja debe ser el juego.

Corrí y la abrí.

Mi sonrisa se borró. No era el videojuego pero si los muñecos de playmobil que estaban también de moda. A un costado había más regalos, un balón de futbol con el logotipo de la empresa donde trabajaba mi Tío. ¿Qué raro? también estaba el fabuloso Fred. El dominó en su caja de madera, como el que mi abuelo tenia y que jugaba cada fin de semana con mis tíos y apostaban sus billetes de 20 pesos Y que yo les decía puedo jugar enseñando mis centavos que traía en el bolsillo para las «Grandes Apuestas».

Woow. También había las tutsi botas que me encantaban. Mi corazón se sentía privilegiado por tantos regalos. Ese año me alegro tanto el corazón que minimizo profundamente mi desilusión por no ver ese juego de video en mis manos.

El siguiente año. Se acercaba el 6 de enero y yo ya denotaba indiferencia.

Mi mamá una noche me pregunto. Hijo ¿Por qué no has escrito tu carta a los Reyes? Mi respuesta sarcástica fue: No este año ya no pediré nada, nunca me traen lo que quiero. Que dejen lo que les plazca.

La noche del 5 de enero, no podía dormir, y no era por la ilusión de saber que al despertar al día siguiente vería juguetes bajo el árbol o al pie de mi cama.

Era más de pensar si me dejarían jugar mis primos con lo que pedirían. Si, ellos ese año pidieron el famoso videojuego. Y esperaba poder ir a tocar a su puerta y mirar que lo conectaran a la TV para jugar. Quizás de 10 partidas me dejarían participar en una.

Mi madre, me miraba extrañada. Y me decía Duérmete que no te traerán nada los Reyes. Este año te portaste bien, pero te volviste solitario y creaste tu mundo en el que solo vives Tú.

Nunca le sonreía a mi mamá. Y esa noche no fue la excepción. Me limite a voltearme a la pared y cerrar los ojos.

Como ya eran pasada la 1 AM mi mamá apago la luz.

Y se recostó en su cama, a lado de la mía pues compartíamos la misma habitación.

Yo me voltee para el otro lado y fingía dormir. Al pasar el tiempo vi que mi madre se levantaba. Y tratando de guardar el mayor silencio aun a pesar de sus movimientos, saco de su ropero unas cajas y las puso a un lado de mi cama.

Tomo mi apestoso zapato y con cuidado lo puso sobre ellas.

Mi corazón latía con fuerza.

Mi mente pensaba. ¿Cuándo vio mi mamá a los reyes que le dieron mis juguetes?

¿Cuándo? seguí despierto y fingiendo que dormía. Al poco rato tocaron levemente a la ventana, mi mamá se asomó y escuche a mi tío y abuelo. Le pasaron unos dulces y un balón por la ventana. Ella agradeció y cerro la misma brindando las buenas noches.

Mi mamá caminaba en la obscuridad dentro de los pocos metros de nuestra habitación, pero no dejando de mirar si me llegaba a mover.

Puso las cosas junto a las cajas previamente acomodadas.

Y mi corazón quería salirse del pecho. ¡Sabia ya quiénes eran los reyes!.

Mi mamá y mi familia y que todos ponían una moneda para darme, aunque sea un regalo más.

Al amanecer, mi mamá estaba lista para salir a trabajar. Me despertó diciéndome: llegaron los reyes.

Me reincorporé y vi los juguetes, balón y dulces. Le dije mira un coche a control remoto. El avión de muchas piezas para armar de LODELA, Las Tutsi Botas.

Le dije. Mamá ya se quiénes son los reyes, te vi poner las cajas y escuché cuando tocaron la ventana.

Mi mamá dijo: es que los reyes me las dieron, ya sabes tienen tanto trabajo que no podían visitar a tantos niños en una noche.

Le dije mamá me decían en la escuela que los reyes son los papás, y ya dudaba de ellos.

Están hermosos los juguetes. Gracias.

Y mi mamá noto la indiferencia en mí. Sus ojos se humedecieron y yo cruelmente le pregunte. Si sabias lo que quería. ¿Por qué nunca me disté lo que pedí?

Mi mama bajo la mirada y me dijo ya me voy a trabajar. Agacho la cabeza y sé que fue para ocultar su llanto.

Tomo esa vieja bolsa ya desgastada por el camino, por el uso, y por el tiempo y salió rumbo al trabajo.

Ese año se terminaron los reyes para mí.

Siempre guardé ese recelo por no verme beneficiado por recibir lo que alguna vez propuse en un papel.

Y en esta noche al recordar la mirada de ese niño que me cruce hoy.

recordé que yo una vez me sentí así y evoqué la imagen de ese bolso desgastado y con algunas fisuras en la piel. ¡Igual que el viejo bolso de mi madre!.

He recordado cada 6 de enero de mi vida.

Pero más he recordado esos Verdaderos Reyes.

Me doy cuenta que los reyes no son injustos. Solo que la vida nos pone en lugares no indicados.

Que no todos tienen los privilegios de que sus padres puedan acudir a los centros comerciales y comprar ese X-Box, el Wii o el PlayStation.

Tampoco todos los padres pueden llegar al mostrador y pedir ese IPhone.

Mucho menos pueden adquirir esa laptop con la poderosa tarjeta de video para los más actuales juegos y que su mayor logro es comprar el PSP portátil.

Mis recuerdos afloran como multitud en mis pensamientos.

Mi mente viaja a recordar las noches en que mi mamá llegaba del trabajo y no importando la tormenta que estuviera cayendo no le calaba el frío que congelaba las manos y piel y se dedicaba a lavar a mano los uniformes del colegio que yo portaba relucientes a cada día.

Recuerdo, cuando me llevaba a comer al Burgerboy y miraba con gusto y con temor todo lo que pedía. No sabía que ella prefería comer una quesadilla de queso al día «para no gastar» y que su hijo comiera una gran hamburguesa con papas fritas y el inservible juguete que regalaban, y de ahí ir a los helados danesa 33 para cómprame el casco de futbol americano relleno de 2 bolas de helado de fresa.

Recuerdo, cuando su mirada se ensombrecía porque su hijo había vendido por 1 peso el juego de Geometría con el compás profesional que le costo 10 pesos o más. Y que a pesar del regaño, ya no era recuperable y tenia que adquirir uno nuevo.

Recuerdo, cuando mi mamá empeño esos lindos aretes de oro. Por comprarme el reloj calculadora que tantas veces le pedí.

Recuerdo, esas noches en que pacientemente planchaba mi uniforme para que quedara impecable y después remendaba sus sacos, faldas y pantalón que la hacían ver como una gran ejecutiva, pero que su ropa tenia que durarle años.

Recuerdo, cuando se iba todos los días poco después del amanecer y regresaba cuando la noche ya era avanzada y con inmensa obscuridad.

Recuerdo, cuando los días de pago ella aun con la luz encendida sacaba su pequeño sobre amarillo y contaba los billetes y monedas. Tomaba su lápiz y su cuaderno y repetía las operaciones una y otra vez buscando un error hasta que cerraba los ojos con resignación y guardaba todo de nuevo y trataba de dormir aun buscando una solución a la falta de dinero.

Recuerdo cuando mi madre se sentía orgullosa de que su hijo estuviera en el cuadro de honor del colegio en primer lugar llena de felicidad por su vástago, pero también recuerdo cuando lloraba porque su hijo se volvió rebelde y por darle un castigo a «todos» casi lo expulsaban del colegio.

Recuerdo cuando mi mamá discretamente compraba los reyes para mi hermana. Y yo la miraba contar hasta los centavos. Por adquirir ese nenuco o la comiditas.

Y recuerdo su alegría al ver la sonrisa de mi hermana al despertar para mirar sobre la cama que compartían esos muñecos con todo y rebozo para cargarlos.

Ahora al recordar la mirada de ese pequeño. Comprendo que los reyes no se equivocan.

Los reyes dan todo por ver que sus hijos reciban un juguete en esos días.

No es cualquier juguete para alegrar a los hijos.

Son los juguetes que se adquieren con el esfuerzo de todo un año, de horas en la calle, en el tráfico, en la oficina, en la fábrica y convierten en dinero, en monedas o billetes como era en antaño, o como hoy que son números de pocas cifras reflejados en las pantallas de un insensible cajero automático.

Son juguetes que recompensan todos los momentos de alegría, de orgullo, de satisfacción que le dan los hijos a los padres.

Para muchos es fácil y sencillo comprar esa lap, ese celular apantallador… Y es una alegría automática el saber que cada petición ha sido concedida…

Para otros, madres solteras como la mía, familias con salarios que solo les permiten vivir día a día sin lujos, sin una habitación en casa que digan «Mi sala» y durmiendo todos en una habitación de 4 x 4 mts.

Para todos ellos, la alegría no se da hasta el mismo momento de ver a sus hijos iluminar su rostro con una sonrisa por verse agraciados con un juguete. Quizás no el que esperaban, pero sí uno que estuvo bajo el árbol o al pie de su cama.

Las vidas son distintas hay ricos y pobres. Ironías de un mundo que siempre ha existido.

Pero hoy me doy cuenta que mis pretextos, mis reclamos, mi enojo. No causaba daño a unos Reyes que visten ropas de lejano oriente y que son de colores vistosos.

Yo lastimaba a los mejores Reyes Magos del Mundo.. Mi madre y mis familiares. Pensaba,» le reclamo a quien ni siquiera conozco», cuando sin darme cuenta a cada día me reflejaba en sus miradas..

La mirada de mis REYES VERDADEROS.

Por eso ahora todos esos reclamos que una vez dije. Hoy se convierten en palabras de agradecimiento.

Esos Reyes Magos de mi vida. Son los mejores que he podido tener.

Mis tías, mis tios, mi abuelo, el papá de mi hermana, que participaron en cada 6 de enero de mi infancia quizás sin tener la obligación de hacerlo.

Pero sobre todo mi maravillosa Madre.

Que ha dado su vida por sus hijos.

Que fue una REY MAGA tan digna como la madre más acaudalada y poderosa.

Y que aun se emociona por cada 6 de enero de sus nietos.

A cada ser que en este día se convierte en un Rey Mago. Les doy mi admiración y respeto.

A ustedes que lo son. A sus hermanos, primos, familiares y amigos que sea como sea y fuera como fuera.

Aun siguen alimentando la ilusión y alegría de los pequeños….

GRACIAS…

Nota al margen: La pista eléctrica que un día soñé. La recibí cerca de mis 30 años. Siiiiii en un 6 de enero. También un juego de video el Nintendo. Lo tuve en mis manos como un regalo de mi amada madre. En otro 6 de enero.

 60 Total de Visitas,  2 Visitas Hoy

+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
+1
1
+1
0
+1
0

Por favor califique esto

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Gerardo Zamora

Escritor en mis Tiempos Libre! Frio Indiferente Reservado Tímido

error: Contenido Protegido!